domingo, 16 de enero de 2011

A PROPÓSITO DE TÚNEZ.

(14 de Enero de 2.011)

El prólogo a la denominada “revolución del jazmín”, en la que “el pueblo”, (no los militares, no el líder opositor que da un golpe de estado para desbancar al dictador y ponerse él como dictador, no los imanes religiosos, no los poderes económicos, no….) ha sido capaz, tras un número variable de muertes, de por medio, ha sido el suicidio, a lo bonzo, de un joven licenciado que, en el paro y sin perspectiva laboral alguna, lo ha llevado a cabo al desmantelarle la policía el humilde puesto de verduras, tipo mercadillo, sin permiso gubernamental, y con el que intentaba sobrevivir.
Ha sido una revolución sin líderes, ni políticos ni religiosos.
Esto, teóricamente, es alentador pero, prácticamente, es preocupante, por aquello de “a río revuelto…• y que “la victoria siempre tiene muchos padres, mientras el fracaso siempre es huérfano”.

Francia se ha negado a admitir al derrocado dictador, Ben Alí. Italia tampoco lo ha admitido. A España ni se lo han pedido y quiero creer que habría respondido de la misma manera.
Pero estos Noes de estos tres países mediterráneos están causados y justificados por las posibles terribles consecuencias que hubieran podido tener, dentro de sus países, del ya de por sí temible Terrorismo Islámico.
El tratamiento exquisito que, durante 25 años, la política de los países mediterráneos ha tenido con el dictador tunecino ha sido porque suponía un escudo contra los Islamistas.

En otros lugares he dejado escrito, ampliamente, que no pueden ni confundirse ni identificarse los conceptos “islámico” e “islamista”.

Imaginémosnos que llegan unos marcianos a España para hacer un estudio sobre cómo viven la sexualidad los españoles.
E imaginémosnos que la encuesta se la hacen a seis familias españolas, tres pertenecientes a los Kikos y tres pertenecientes al Opus Dei.
No hay que ser muy inteligente para suponer el resultado final de la encuesta marciana.

La religión en Túnez es la musulmana (un 98%) y pequeñas minorías judía y católica.
La religión en España es la católica, apostólica y romana (casi un 75% se declaran y dicen ser católicos, pero no más del 10% de ese 75% se declaran practicantes, Resultado, el 90% no son, realmente, católicos).
Igualmente ocurre en Túnez.
En la última manifestación masiva eran pocas las mujeres que portaban el velo islámico (en Túnez las mujeres tienen reconocidos los mismos derechos que los varones).
Para que las religiones no se metan donde no deben, lo ideal no es prohibirlas (se convertirían en “tabúes”), ni hacerlas obligatorias (se multiplicarían las conductas hipócritas), ambas son peligrosas, lo ideal es permitirlas, dejarlas.
Las personas irán comprobando que “vivir” es prioritario a “vivir religiosamente”.
Túnez es mucho Túnez.
¡Ojalá todos los países musulmanes africanos fuesen “Túneces”¡

El recién dimitido/derrocado/expulsado/autoexiliado/… dictador Ben Ali (un policía que llegó a ser caudillo), llevaba 23 años en el poder con el beneplácito y la bendición de los países mediterráneos.
En Túnez, realmente, prevalece el laicismo porque, entre otras cosas, los movimientos islamistas fueron machacados, a conciencia, por Ben Alí.
La economía marcha bien, la educación también (de los pocos más de 10 millones de tunecinos, 4 millones son usuarios de Internet, y las de 1.8 millones están en Facebook, por lo que tienen una ventana para asomarse al mundo exterior y compararlo con lo que ellos mismos tienen), hay una clase media nada despreciable,… antecedentes para una prometedora salida a un sistema político democrático que, querámoslo o no, es el mejor guardián de los Derechos Humanos.

Lo que el pueblo tunecino quiere es libertad y trabajo; y lo que Ben Alí le ha ofrecido, últimamente, es subida de precios de los productos básicos y paro, mucho paro, sobre todo juvenil, a jóvenes bien preparados, siendo acusado, además, de “corrupto” y de “asesino”.
Si a la autoinmolación, al suicidio a lo bonzo del joven universitario le añadimos el panorama laboral, la subida de impuestos y la economía, boyante pero en manos de los familiares de la primera dama, tenemos asegurada la explosión y el incendio consecuente.

Leo que unos días antes al acontecimiento tunecino, un líder opositor anunciaba: “Es posible que Ben Alí sea derrocado, pero el pueblo está fuera de juego y también los actores políticos”.

En los triunfos de las revoluciones, en los países islámicos, casi siempre, han estado presentes: los líderes religiosos, los líderes políticos opositores (que solían ser los mismos) y el pueblo.
En Túnez no se dan esas condiciones. Lo cual es una esperanza, pero también un temor.

Todos sabemos que los dictadores gozan “obligando” y “prohibiendo”, a ellos no les gustan las “leyes permisivas”.
Cuando un dictador se erige en la única autoridad con capacidad para autorizar la construcción o no de mezquitas, y de nombrar a sus imanes correspondientes, a los que les paga como si fueran funcionarios, y si el pueblo es, realmente, laico, sabe que por ahí no puede provenirle el peligro.

Francia, Italia y España, lo sabían. Tenían en Túnez no sólo un socio comercial y político, también a un escudo ante el peligro “islamista”, que no podía provenir de Túnez. Pero este peligro prendería en sus propios países si les hubieran concedido asilo a Ben Alí, porque la religión islámica es Una, para todos los creyentes en ella. Y en Europa la religión musulmana está extendiéndose como una mancha de aceite.

Argelia, Egipto, Marruecos, Libia,… estarán pensando en el viejo adagio de “cuando las barbas de tu vecino veas…” y por aquello de “el virus del contagio” (Egipto, próximamente, tendrá elecciones y los “Hermanos Musulmanes” pueden sacar tajada del ejemplo tunecino)

La escena final de esta “revolución del jazmín”, de la población civil abrazando a los militares, nos recuerda a la del país vecino y su “revolución de los claveles”.

¡Quieran Alá y todos los dioses que todo salga bien¡

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