miércoles, 23 de diciembre de 2015

ENCANTO DE LA VEJEZ (2)

Analicemos los años. ¿Cómo contamos los años?.


        Perece que sólo los niños y los adolescentes quieren ser mayores de lo que son.

        Los niños no cuentan la vida por años, sino por fracciones, por meses, incluso días.
        “Tengo cuatro años y medio”. “Tengo cuatro años y nueve meses”. “Ya casi tengo cinco”. Cuando cuenta no mira al hoy, está pensando en el mañana. Mira hacia delante. No deja nada atrás. Incluso cuenta lo que todavía no tiene. Quiere ser mayor de lo que es.

        A los adolescentes también les ocurre algo parecido. “Ya voy a cumplir 16”. Parece que no puede tener 15. No. Voy a cumplir 16. ¿Pero si yo te preguntaba cuántos tenías, no cuántos ibas a tener?.
        Pero “ya tengo 18, voy a sacarme el carnet de conducir”. Ya ha llegado a una de las metas tan deseada durante los últimos años. Ya puede conducir. No se fija en que, como ya es mayor de edad, ya es responsable y ya puede ir a la cárcel.

        Luego ya “tengo 26 tacos, tío, ¡joder¡”

        Cuando uno llega a los 30, no es que haya llegado, es que “ya cumplí los 30”. A partir de los 30 ya se cumplen años. El casorio, los hijos, el cole, el trabajo, las prisas. Como no tiene uno tiempo para nada no tiene tiempo ni de pensar en el tiempo que tiene. ¡”Cumpleaños feliz, papᔡ. “Anda es verdad, hoy cumplo años”. ¿Cuántos, papá?. Y tú dices, muy displicentemente, como con desgana: “37”, casi para tus adentros.

        Lo de los 40 esto ya es otro cantar, esto ya es para caerse. Se acabó el número 3, y el 4 ya es otra cosa “De cuarenta para arriba…”, pero si estás soltero, por suerte o por desgracia para ti, “solterón y cuarentón, qué suerte tienes, ladrón”. ¿De verdad que es suerte?. ¿Tener que pavonearse para atraer a una pava?. Aparentar tener una conversación agradable, mariposeando de flor en flor todos los fines de semana, visitas al Eugenio´s de Torremolinos y soltando la pasta. Y seguir más despistado y más preocupado que Adán el día de la madre.
       
        Lo de los 50. ¿Qué te voy a contar?. Los hijos en la Universidad o en los primeros años de trabajo, explotados. Y tú ya no estás para trotes. Cada vez cansa más el trabajo. Así que en los 55 uno ya ve la prejubilación, ese despido fraudulento, pero consentido, para que cobres el paro durante x años, justo los que te llevan a la jubilación. Al paraíso. A la meta soñada. A la felicidad. Aunque uno no esté, uno ya se ve allí, saboreando las mieles de la victoria. Viéndose apuntado a todos los viajes habidos y por haber. (Luego comprobará que eso también cansa y ¡como en casa en ningún sitio¡).

        El jubilado ya deja de contar. Lo que le interesa del tiempo es el primero de mes para ir al Banco.

        A partir de los 85 ó 90 ya empieza, otra vez, a contar mirando para atrás. “Parece mentira. Pero si parece que fue ayer cuando tenía 70”¡. O empieza a contar como los niños: “93 y 7 meses”. “Para Octubre los 94”.

        Vamos a pensar con la cabeza.
        Dios nos dio 10 mandamientos para que los cumpliéramos y, así, poder entrar en el reino de los cielos.
        Como yo sólo soy un hombre, os voy a dar 10 consejos para que podáis ser reyes en la tierra.

        1.-Los números no esenciales tienes que tirarlos a la basura. Y cuando hablo de números esenciales, hablo de los números de la edad, del peso, de la altura, de la glucosa o del colesterol. Deje que sus médicos se preocupen de sus números. Para eso les paga Ud, para que se preocupen por sus números. Ud. cumple las prescripciones y se olvide de los números.

        2.-Mantenga sólo amigos alegres. Un gruñón, un criticón, un “avinagrao” nunca puede ser un amigo. Échese amigos optimistas, simpáticos, sonrientes, chistosos. Páseselo bien cuando esté con ellos y recordando los buenos momentos cuando esté solo. Unas cañas, un paseo, una excursión, una tertulia,….todo eso.

        3.- Manténgase siempre aprendiendo. Aprenda informática, jardinería, artesanía. Aprenda a hacer sudokus y crucigramas. Lea. Reflexione sobre lo que lee. Escriba sus reflexiones. Mándeselas a un amigo por correo electrónico. Entre por internet en las revistas que le interesen, en los artículos o editoriales que desee. Pero siempre con el motor del aprendizaje encendido. Es la Gimnasia Mental que decíamos antes. Gimnasia continua, aunque no sea muy intensa. No hay que dar acelerones mentales. Recuerda siempre que un cerebro vago, un cerebro holgazán, un cerebro apagado, es el lugar ideal del diablo. Y a nuestra edad, el diablo tiene un nombre. Pero hay que declarar persona “non grata” al señor ese alemán (de cuyo nombre no quiero acordarme aunque sí que me acuerdo).

        4.- Disfruta de las cosas sencillas, de las cosas pequeñas, que, además, suelen ser gratis. Un paseo tranquilo respirando a fondo. Ese banco a la sombra viendo pasar a la gente o jugando a unos niños, oyendo a los pájaros, oliendo a pino, saboreando un helado. Todo parsimoniosamente. Sin prisas. Tranquilo. Con los cinco sentidos alerta y funcionando. Charlando con tu pareja y/o con tus amigos. Ojeando la prensa gratuita.  Cosas y situaciones que las tienes a mano. Soltando, para tus adentros, un ¡joer¡ ante esa belleza escultural que se acerca, que llega y que pasa. Los ángeles existen.

        5.- Ría. Ría mucho. Ría a menudo, sin cortarse. Ríase del mundo, poniéndoselo por montera. Ríase de los políticos y de los banqueros. Ríase de los precios de las angulas. Ríase de los sueldos escandalosos de los ejecutivos. Ríase de los que compran  sin necesidad y de los que venden por interés. Ríase del precio de un cafelito o de una caña por estar sentado en una terraza. Ríase de la televisión y de sus horteros programas. Ríanse, por favor, por lo que sea o de lo que sea, pero ríanse. Ríanse  de todo lo que yo estoy diciendo (¡ya veo que no se ríen). Ría hasta atragantarse. La risa es el abono, el fertilizante de la vida.

        6.- Si tienes que llorar que sea: o por necesidad (en este caso durante muy poco tiempo) o por alegría. Las lágrimas más sabrosas son cuando uno se troncha a reír. Las lágrimas mejores son las lágrimas de la emoción. Hay que huir de los lugares que produzcan melancolía o malos recuerdos. Apartarse de los que sólo recuerdan cosas amargas y situaciones tristes. La vida  ha dejado de ser un valle de lágrimas. Eso era en otros tiempos. La vida es un parque, un jardín, sembrado de optimismo y donde crece la alegría. Y tu tienes que ser el jardinero de tu propio jardín, el vividor de tu vida. Que la vida no es para que pase, sino para vivirla.

        7.- Rodéate de todo lo que amas, de los que amas y de los que te aman. De personas, de animales y de cosas con las que tengas una relación de amor. Tus seres queridos, por supuesto. Pero también tu perro o tu gato. Tus libros. Tu música preferida. Los juegos que más te gustan ver o practicar. Tus recorridos de paseo o de senderismo. Tus compañeros senderistas. Tus recuerdos. Tu hogar. Sobre todo tu hogar (espero, supongo y deseo que tu casa sea un hogar. Porque una casa se compra, sólo hace falta dinero. Un hogar se construye, sus materiales son el amor). Tu hogar es tu refugio. En ningún lugar mejor que en él.

        8.- Mantenga su salud si  ya es buena. Mejórela si es inestable. Busque ayuda si está dañada. El estómago y las piernas son los carriles de la salud. Hay que despedirse de la panceta y darle la bienvenida a la fruta. Sabemos que tenemos que olvidarnos de unos hábitos dañinos y que tenemos que practicar otros saludables. No tenemos que hacer lo que nos gusta; nos tiene que gustar lo que tenemos que hacer. Lo sabemos. Debemos hacerlo.

        9.- No vaya, ni de paseo, a ese lugar que le recuerda malas experiencias. No viaje donde pueda producirle remordimiento y culpabilidad. Hay muchos lugares que le producirán alegría y placer. Un centro de ocio donde jugar o ver jugar o mirar escaparates, donde cuchichear. Un paseo donde vea a gente feliz. Una playa. Una excursión a la sierra o a ese lugar que  tantas veces deseó visitar.
        No vaya ni que lo lleven donde asome el sufrimiento o donde more la muerte.

Y 10.- No se corte, ¡por Dios¡. Dígale a la gente que ama, que la ama. Dígaselo a menudo. No se corte. Dígaselo. A su pareja, a su hijo, a su nieto. La palabra “amor” siempre tiene efectos curativos.


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