viernes, 2 de junio de 2017

ARISTÓTELES Y EL AMOR (Y 5)

Amar es decir: «no morirás» o quizá mejor: “no debes morir. Mi mundo, sin ti, no merece la pena”.

Cuando fallece un ser verdaderamente querido (marido, esposa, hijo, novio o novia, amigo o amiga de verdad) no sólo es que sintamos como un vacío auténtico la pérdida de ese sujeto, un pellizco, un hueco en nuestro ser, sino que el universo todo, que el amor había hecho resplandecer, se torna de repente, y al menos por algunos momentos, un auténtico sin-sentido, tedioso, anodino y falto de color.

Nada de lo que nos rodea, nada de lo que hacemos y con lo que otras veces hemos gozado, tiene ahora razón de ser… Nada.

Parece como si todo se desvaneciera con la persona a la que, según recuerda Agustín de Hipona, «habíamos amado… como si nunca hubiera de morir».

La falta del ser querido provoca la carencia de significado de uno mismo y sus actividades y de todo y todos los que le circundan.

En Soria, Machado se convierte en enfermero de su mujer, cuya salud es lo único que le preocupa.
Tras una aparente mejoría, Leonor vuelve a agravarse, pero antes de morir, aún tiene un momento de alegría al recibir de manos de Antonio el primer ejemplar de Campos de Castilla. 
Pocos días después, el 1 de agosto, muere Leonor en brazos del poeta.
La muerte de su esposa hunde a Machado en un dolor tan hondo que el éxito de Campos de Castilla —cuya publicación es recibida con entusiasmo por la crítica madrileña, Ortega y Azorín al frente— no logra atenuar.

En algún momento pensó suicidarse (según le confiesa en una carta a Juan Ramón): “Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro. El éxito de mi libro me salvó, y no por vanidad, ¡bien lo sabe Dios!, sino porque pensé que si había en mí una fuerza útil, no tenía derecho a aniquilarla”».


Y en otra carta, ésta a su admirado Unamuno: “La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado.
Mi mujer era una criatura angelical, segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero por sobre el amor está la piedad.

“Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada de extraordinario en este sentimiento mío.
Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere”.

Tal vez por esto viniera Dios al mundo. Pensando en esto me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es también absurda.
Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto.
Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no era dolorosa.
En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo firmemente que la he de recobrar”.

Quienes aman de veras ponen en comunicación el núcleo más íntimo de sus respectivas realidades: al acto personal de ser.
Lo que se ama es el ser de la persona querida… desde y con el propio ser del amante.

“Morir es un atentado contra el ser”.

«Que seas bueno y que estudies mucho» -así me despedía mi padre todos los años, cuando abandonaba el pueblo para seguir estudiando en Salamanca.

Primero “ser”, luego “trabajar”.

Sabiduría de una persona que las circunstancias lo alejaron de la escuela desde muy pequeño.
De la “escuela”, no de la “vida”,

Aristóteles estaría plenamente de acuerdo con mi padre, o mi padre era aristotélico sin saber quién era Aristóteles.

Y es que el verdadero amor ha de ir acompañado del deseo eficaz de que aquellos a quienes amamos mejoren.

Y es que “ser”, para el hombre, es no sólo vivir, también perfeccionarse, desarrollarse, desenrollarse, crecer, madurar, …el telos.

El amor no sólo descubre la futura perfección de aquel a quien amamos, sino que, en sentido estricto, la exige, la reclama.
El amor obliga, amablemente, a perfeccionarse tanto al amante como al amado.

Cuando queremos de veras no amamos tanto lo que la persona del otro es en sí, (que también) cuanto su plenitud final que deseamos de ella, el proyecto  perfectivo futuro.

Al anhelarlos mejores de lo que son actualmente, les alentamos a avanzar en el camino de su propia superación.

Nuestra tarea, en esta vida, es desenvolver esa riqueza que tengo y tiene el amado hasta alcanzar aquello que, hasta cierto punto, ya éramos desde el comienzo.

Llegar a actualizar la potencialidad que éramos y somos.

El ideal humano, masculino o femenino, como todos los demás ideales, no se nos da nunca hecho (ya no sería ideal); es preciso construirlo; con barro propicio, con el amor y el sacrificio de todos los días.

El amor, ese querer que alguien sea y obtenga la riqueza definitiva encerrada en su ser, se configura como el motor de toda educación, de cualquier intento de ayudar a otras personas y eso lo sabemos muy bien los que hemos sido docentes, lo que puede “dar de sí” el el alumno que ahora es así.

Lo que busca, desea, intenta el amor es que el ser a quien queremos alcance su propio apogeo: el suyo, realmente distinto del de cualquier otro individuo humano entre los que existen, han existido o existirán… y también del nuestro propio.

Así es/era como Aristóteles definía el amor, como «querer el bien del otro en cuanto otro».

Lo único que puede/que debe hacer el amante sobre la persona amada es estimular el nacimiento de lo más propio y lo me­jor de ella, ayudarla a descubrirse, a verse como en un espejo que le ofrece el que la ve, el amante.

El que quiere transformar a la persona amada -error tan frecuente- no la ama de verdad, lo que está intentando es que sea como el amante quiere que sea, no como ella quiere ser.

“Si me quieres, quiéreme como soy, en acto y en potencia, y ayúdame a desarrollar mi potencialidad y no me añadas nada tuyo. Ayúdame a ser yo, córtame la cuerda que me enrolla para que yo me desarrolle”.

Hablar de amor entre animales es sólo una pobre metáfora.

El animal no puede amar porque no puede entregarse.

Su instinto sólo le lleva a copular y a vivir o sobrevivir, siguiendo siendo él, nada sabe del otro, sobre todo el macho, y la hembra sólo mientras amamanta a la cría, y poco más, nada que ver con el amor humano.

El animal no puede darse porque no se posee, como ser, sólo lo es.

El hombre sólo es radicalmente hombre, persona, si y en la medida en que, persigue el bien del otro en cuanto otro y al enriquecerlo, se enriquece él mismo.

El niño, nacido prematuro e indefenso, al menos en las primeras etapas de su desarrollo, parece ser sólo un conjunto de necesidades, pero es eso y mucho más que eso.

¿La satisfacción de sus necesidades va acompañada de amor?.

De hecho, es más importante que el niño sea amado a que un determinado número de sus necesidades objetivas no se satisfaga.

El niño, además de comer necesita ser amado.



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