domingo, 23 de julio de 2017

AMOR, SEXUALIDAD Y MATRIMONIO EN LA EDAD MEDIA (1)

La vivencia de la sexualidad, de las relaciones de pareja y del amor (otra cosa es el sexo) son construcciones culturales de cada época, cultura y religión.
Estos conceptos, pues, no han sido vividos de la misma manera a lo largo de la Historia, tampoco en los diez siglos de Edad Media.
El contexto o las circunstancias han determinado el cómo, el cuándo, o el quiénes.

Partiendo de esta premisa, es muy complicado establecer una línea continua aunque sí pueda haber semejanzas.

Así por ejemplo, ni judíos ni musulmanes sufrieron tanta presión como los cristianos en la reglamentación del matrimonio y las relaciones carnales pero sí hicieron del matrimonio una dominación mucho mayor del varón respecto a la mujer.

El amor, el matrimonio y la Iglesia

La Iglesia, durante la Edad Media, recogió la antorcha del Imperio Romano y siendo cristiana, judía o musulmana, aglutinó tierras y gentes, convirtiéndose en un pilar fundamental para cualquier estado y sociedad.

Así, los clérigos pasaron a ser los consejeros espirituales y morales, siendo los únicos capaces de marcar la diferencia entre el Bien y el Mal.

Tal era el nivel de implicación, que consiguieron, además de explicar fenómenos meteorológicos, procesos evolutivos y enfermedades y curas, acceder hasta los espacios privados, las relaciones familiares y de pareja así como a las prácticas sexuales entre ellos.

El principal objetivo por parte, sobre todo, de las altas esferas eclesiásticas, fue acabar con las tradiciones provenientes de los bárbaros quienes, entre otras prácticas, tenían como aceptado el concubinato, el adulterio- que en realidad no era como lo conocemos sino que al no tener instituido el matrimonio, podían unirse y separarse libremente- así como el incesto, donde los hombres se relacionaban con primas, hermanas o las hijas de éstas.

Por ello la respuesta de la Iglesia fue el asentar el matrimonio como institución que llevaría al buen orden social, alejando prácticas poco deseables.

En el matrimonio, cada uno de los cónyuges tenía una posición - la privada para las mujeres, la pública para los varones- y funciones diferentes - los varones eran los encargados de mantener a la familia y las mujeres de cuidar al esposo, los hijos y la casa- para asegurar la armonía y el buen desarrollo de la convivencia.

Siendo el matrimonio unión entre varón y mujer, las relaciones entre personas del mismo sexo, tradición proveniente del mundo clásico, también pasaron a ser una práctica prohibida.

El matrimonio debía ser sólo heterosexual- aunque no utilizasen esta misma palabra- y ningún otro.

Todo el intrincado concluía con la amenaza de excomunión, una terrible pena en la Edad Media, y con el juicio divino que castigaría a los pecadores enviándoles directamente al Infierno.

Para llevar a cabo tal misión, articularon una serie de principios que corroboraban las teorías divinas relacionadas con las relaciones de pareja y las prácticas sexuales, entre las que se incluía el pecado que suponían éstas fuera del matrimonio- lucharon sobre todo contra la infidelidad- o que la mujer no llegase doncella al matrimonio, organizando todo un culto entorno a la virginidad como virtud que cualquier mujer debía mantener.

Con el paso de los siglos, las exigencias a los varones se fueron relajando, cayendo sobre la mujer la responsabilidad de castidad, única forma de que un varón se asegurase sobre la paternidad de la criatura, de otra forma sería impensable saberlo en esa época.

Los mayores castigos y penitencias por adulterio impuestas a las mujeres, más que a los varones, no vienen sino a corroborar los diferentes criterios entorno a la cuestión donde, además, el marido va convirtiéndose, poco a poco, en el garante del cuerpo de su mujer, aumentando, si es posible, el control sobre la esposa.

Los tratados de la época también se hicieron eco de cómo debían ser las relaciones sexuales, las cuales se despojan de todo goce o disfrute y se resumen en el acto coital con finalidad reproductiva (influencia agustiniana).
No debían, pues, mantenerse relaciones si no se tenía tal objetivo: la reproducción de la especie.

Claro está (y como es natural) que una cosa fue la teoría y otra la práctica.

Las leyes -jurídicas o eclesiásticas- no siempre marcaban la vida diaria de los hombres y las mujeres quienes, lejos de las instituciones, debían vivir sus vidas como pudiesen.

Además, las fuentes suelen centrarse en los nobles por lo que sabemos menos de otras clases sociales así como de las diferencias entre los matrimonios en el campo y la ciudad.

Sí sabemos que tanto unos como otros llevaron a cabo prácticas distintas, especialmente entre la nobleza - como ya sabemos, los matrimonios sellan acuerdos determinados por los padres de ambos y el amor poco o nada tiene que ver- , los campesinos y los artesanos.

Lo mismo ocurre con la idealización no sólo de las relaciones sino también de los varones y mujeres, especialmente de ésta que es representada más como objeto que como sujeto, respondiendo a ideas creadas en las mentes de unos pocos.








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